EL RELOJERO DE AVELLANEDA Y LA SILLA VACÍA


En Avellaneda había un relojero viejo que arreglaba todos los relojes del pueblo, Don *Juan*. En su taller siempre dejaba una silla vacía, bien al frente del banco de trabajo.


Los clientes le preguntaban: 

—Don Juan, ¿para quién es esa silla? 

Y él contestaba sonriendo: 

—Para el tiempo que todavía no llegó.


El pueblo tenía 4 familias que se creían dueñas de todo. Los de apellido Scarpin, los de apellido Marcón, los de apellido Vicentin y los de apellido Braidot. Decían que el pueblo les “tocaba” a ellos. Que por apellido, por riqueza, por ser los fundadores, por ser los profesionales, eran los que tenían que decidir.


Un día se rompió el reloj de la plaza principal. El único que era de todos. Los Scarpin dijeron: “Lo arreglamos nosotros, porque somos los mejores para eso”. Los Marcón dijeron: “No, nos toca a nosotros, porque fuimos los primeros”. Los Vicentin dijeron: No, a nosotros, que somos los más ricos y fundadores. Los Braidot dijeron: No, a nosotros que somos los profesionales y sabemos más que nadie.


Se pelearon tanto, que nadie arreglaba nada. El pueblo se quedó sin hora. Llegaban tarde al trabajo, a la escuela, a la misa. El tiempo se volvió un lío.


Hasta que un vecino de barrio, con apellido común se plantó en el taller de Don Juan y le dijo:

—Arregle el reloj, por favor. 

—Yo solo no puedo —dijo don Juan—. Ese reloj no es mío. *Es de todos*.


Entonces Don Juan sacó una pieza chiquita de un cajón, la puso en la silla vacía y dijo: 

—Acá está el lugar. El que quiera arreglar el tiempo del pueblo, que se siente.


Primero nadie se animó. Después fue el panadero. Luego la maestra. Más tardes el albañil. Después un joven que volvía del secundario. Ninguno era “de apellido”. Ninguno era “el mejor”. Ninguno eran ricos. Ninguno era de los fundadores, ninguno era profesional. Solo querían que el pueblo tenga hora otra vez.


Arreglaron el reloj entre todos. Y cuando sonó, no marcó la hora de los Scarpin ni la de los Marcon, ni de los Vicentin ni de los Braidot. Marcó la hora de Avellaneda.


Desde ese día, Don Juan siguió dejando la silla vacía. Porque decía que el poder no es para los que creen ser los mejores por naturaleza, ni para los que creen tener derecho por herencia. por ser los fundadores, o los profesionales. 


*Moraleja:* *El poder es para el que se anima a sentarse cuando la silla está vacía*

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