¿CON EL PUEBLO O CON LA ÉLITE?

*Para la militancia peronista de Avellaneda (Santa Fe)*

*¿Elegimos al pueblo?*

Lo cierto es que, desde hace más de cuarenta años, los peronistas de Avellaneda tomamos una decisión histórica: ser la Otra Alternativa. No una opción más, no un matiz dentro del mismo sistema, sino la verdadera contracara de un modelo que, década tras década, ha condenado a nuestro pueblo al olvido y la exclusión.

Lo hicimos porque estábamos —y seguimos estando— hastiados por las políticas de una élite gobernante que representa los intereses de los poderosos, que administra el Estado como si fuera una empresa, y que reparte privilegios entre unos pocos, mientras al pueblo le arroja apenas migajas. Nos cansamos de ver cómo los intereses financieros y corporativos se sientan a la mesa del poder, mientras los trabajadores, los humildes, los pequeños productores y la clase media quedan fuera de toda decisión, de todo derecho, de toda esperanza.

Fue entonces que decidimos construir una opción distinta: la opción popular. La opción de los que no tienen voz en los medios ni padrinos en los despachos oficiales. La opción de los que luchan, de los que trabajan, de los que sueñan con una comunidad justa, inclusiva y progresista. La opción de los que no se resignan a que el Estado sea una herramienta de exclusión, sino que lo quieren como garante de derechos, como motor de desarrollo, como expresión concreta de la justicia social.

Porque mientras la tecnocracia clasista y neoliberal insiste, en imponernos su relato —ese que pretende convencernos de que los Chachos, los Dionisios, los Vicentín, los friulanos, son por naturaleza los únicos capaces de hacer de Avellaneda una ciudad modelo, pujante y moderna— nosotros alzamos la voz para decir que no, que no es así, que sí hay otra alternativa. Nos atrevimos a imaginar otra Avellaneda. Una Avellaneda construida desde abajo, con la dignidad de los que luchan, con la esperanza de los que nunca se resignan.

Y en ese desafío que nos propusimos —el de levantar la Otra Alternativa, la opción popular, la opción de los sin voz, de los excluidos, de los pequeños productores, de la clase media postergada y luchadora— surge una pregunta infalible: ¿Qué hicimos?

¿Elegimos al pueblo? 

¿Elegimos a los excluidos?

¿Elegimos a los humildes?

¿Elegimos a los pequeños productores?

¿Elegimos a los trabajadores explotados?

Compañeros y compañeras:

He aquí la interpelación que no podemos eludir. La pregunta que debe resonar, con fuerza y con urgencia, en la conciencia de cada militante, de cada dirigente, de cada funcionario que se reivindique peronista y que aspire, con honestidad y persuasión, a ser parte de la Otra Opción: ¿elegimos al Pueblo?

Porque no alcanza con proclamarse del pueblo: hay que elegir al pueblo. No basta con decirse popular: hay que construir hegemonía popular. Y no es suficiente con criticar a la élite: hay que animarse a disputarles el sentido común, el territorio, la hegemonía y el futuro.

Ser la Otra Alternativa no debe ser un eslogan. Debe ser una responsabilidad histórica. Debemos asumir que no venimos a administrar lo que está, sino a transformarlo. Que no venimos a ocupar un lugar en la élite, sino a abrirle camino a los que siempre quedaron afuera. Que no venimos a repetir políticas trilladas y vacías de contenido social, sino a encarnar una esperanza nueva, profundamente enraizada en nuestra historia, en nuestras luchas y en nuestra doctrina peronista.

Ahora bien, ha llegado el momento de hacernos una pregunta profunda, incómoda, pero necesaria: ¿qué nos pasa que no logramos desplazar a la élite? ¿Por qué el pueblo de Avellaneda no nos elige? ¿Por qué, a pesar de nuestras convicciones, el electorado no nos percibe como una verdadera alternativa?

Estas preguntas no son retóricas. Tienen respuestas. Y la búsqueda honesta de esas respuestas debe ser el motor de nuestra construcción política, el núcleo de nuestra identidad militante. Porque si no nos interrogamos, si no nos revisamos, si no nos atrevemos a mirarnos con crudeza, corremos el riesgo de convertirnos en aquello que decimos combatir.

Yo me pregunto, compañeros y compañeras: ¿no será que, en el fondo, no estamos eligiendo al Pueblo? ¿No será que, muchas veces, nos embarcamos en una única obsesión —la de consagrar un cargo, una candidatura, un liderazgo— y dejamos al Pueblo afuera de esa construcción?

Tal vez nuestra militancia se está aburguesando. Tal vez nuestras reuniones, nuestros debates, nuestras propuestas y proyectos se han vaciado de contenido social real. Tal vez hablamos de justicia social, pero no escuchamos a los que sufren. Tal vez invocamos al Pueblo, pero no lo habitamos. Tal vez soñamos con transformarlo todo, pero lo hacemos desde la comodidad de los salones, desconectados de los excluidos, de los humildes, de los trabajadores, de los pequeños productores, de los jóvenes sin futuro.

Y si eso es así, entonces no es el Pueblo el que nos da la espalda. Somos nosotros los que, sin darnos cuenta, le dimos la espalda al Pueblo. No podemos pretender que el Pueblo nos elija, cuando nosotros no lo elegimos. No podemos pretender que el Pueblo nos vea como Otra Opción, cuando hacemos lo mismo que los que a ellos los excluyen. 

Por eso, si de verdad queremos ser la Otra Alternativa, si de verdad queremos que el Pueblo nos elija, tenemos que empezar por elegirlo nosotros. No como consigna vacía, no como recurso electoral, sino como principio rector de cada paso que demos.

Tenemos que volver a caminar los barrios, a escuchar sin apuro, a organizarnos con los que luchan todos los días por un plato de comida, por un techo digno, por un trabajo con derechos. Tenemos que dejar de hablarle al poder y empezar a hablar con el Pueblo. No desde arriba, sino desde adentro. No para convencer, sino para construir juntos.

Porque la política popular no se hace desde la comodidad de los cargos, sino desde la incomodidad de la calle. No se hace desde la rosca, sino desde la escucha. No se hace desde el cálculo, sino desde la convicción.

Es tiempo de volver a las fuentes. De recuperar la mística, la ternura, la rebeldía. De volver a creer que el Pueblo no es un obstáculo, sino la única fuerza capaz de transformar la historia. Y si queremos que Avellaneda despierte, si queremos que el Norte se ponga de pie, entonces tenemos que ser coherentes, valientes y profundamente humildes.

Porque el Pueblo no se equivoca. El Pueblo espera. Y cuando encuentra a quienes lo representan de verdad, no duda en acompañar.


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